El Movimiento

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“Pasara lo que pasara, ella sería salvaje, sin trabas, libre.”

-James Joyce

Es el tiempo que (re)tarda el movimiento, y muchas veces lo detiene. O así se siente. “Nadie apuesta a detener, el motor que contamina” (Otro día para ser, Hermética). ¿Se detiene el tiempo?

Esa atracción que lo genera, esa adrenalina tan pura, ese instante en el que simplemente todo fluye, ¿a dónde se va? ¿Se pierde en el tiempo? ¿O con el tiempo? ¿Dónde queda esa atracción que mueve montañas una vez que para?

Hay mucho dolor en la inacción, mucha impotencia, frustración, vacio e impaciencia. Sin embargo no todo está arreglado. No es “maktub” (está escrito) y ya, resignación. Se sigue. “No, [yo] no me entregaré a la impaciente ansiedad, del vicio o la oscuridad” Pero para eso hay que entender la misma esencia de la inercia del movimiento y acompañarlo.

No, no se está detenido, se va más lento, casi imperceptible y a veces con la sensación de ir yendo para atrás, completamente sometidos a lo indefectible del deja vu, que es la verdadera parálisis de la acción: su trampa. El recuerdo del presente, ese que nunca existió y que paraliza.

Busquemos sin mirar atrás. Es la última oportunidad” (Yo no lo haré, Hermética)

No, no es perderse en el tiempo, o mantenerse ajeno a él, ([aunque así] sé que quisiera seguir), es la intensidad la que define la acción del tiempo. Ese atraer y ser atraído, que es movimiento, intensidad y cadencia. El tiempo no se detiene, no, lo que se pierde es la intensidad, el magnetismo del ahora-ya de aquel lugar, del una vez y ya no más. Y lo asociamos con opacidad y en vez de seguir, nos detenemos. Nosotros, porque el tiempo ni detiene su motor, ni espera, solo tarda el movimiento. El desafío entonces pasa por aprender a resplandecer aún en esa sombra de haber sido, ahi donde no pasa naranja y vence la nada de no ser. “Pasara lo que pasara” como promesa de movimiento; “ser salvaje, sin trabas” como campo magnético. “Libre“, andar andando solo por andar siendo uno, siempre.

“Ama, acuéstate y sé bella, porque mañana morimos. El destino, es lo que es” (Ulises, Joyce) Porque la muerte no es intensa, no es bella, no es tiempo, no es espacio, no es promesa. Es quietud sin alma. Es estática y sin magnetismo alguno. Es solo sombra sin posibilidad de resplandecer.

Si el destino, es lo que es, será cuestión de burlarlo y ser bellos, resistiendo con aguante porque mañana será otro día para ser.

Sobre el Bien y el Mal: es más complejo.

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A propósito de Cobra Kai, la bondad y maldad y los roles invertidos (pero manteniendo el mismo antagonismo fundacional).

Strike First

Lo bueno y lo malo. Lo absolutamente bueno y lo absolutamente malo. No hay lugar para los tibios. Tantos años pasaron y la película, aggiornada al hoy en formato de serie (tiene tres temporadas y una en camino), cuenta con los mismos protagonistas, tan viejos como nosotros y reconocibles a simple vista con la ayuda del flashblack (aquel que actúa como disparador de memoria); que arrastran tanta vida, tanta paja, tantas malas decisiones, tanta monotonía y autocondena, con sus egos intactos y cero tolerancia a la frustración. Esta serie nos devuelve al son del glam rock, el retrato de una escena perfecta: la eterna adolescencia de la década del 80.

Y es que los personajes adultos conservan intacta su esencia juvenil. El estigma, la inseguridad, el desamor, el abandono, todo vuelve y se vive a flor de piel, como si el tiempo no hubiera pasado. Pero el tiempo pasó y causó estragos, para el bien y para el mal. El pobre niño Larruso, indefenso, trabajador, honesto, se presenta hoy aburguesado, rico, algo snob pero con su noción del “Bien” intacto. Ese con mayúscula que lo eleva.

Del otro lado, el joven de familia adinerada, malcriado, patotero y popular, devino en perdedor recurrente, alcohólico y padre abandónico, ampliamente superado por una vida que no supo cómo encarar y que, claramente, no fue por haber perdido un torneo de karate a los 18 años. Johnny muestra su lado B, ese que desconocíamos del bully por excelencia, del “malo” tan malo. Y, como no podía ser de otra manera, empatizamos con él (escena perfecta dos: y casi que nos enamoramos en cuarentena, todas las cuarentonas: hormonazo irresistible por el malo redimido, por el perdedor que la lucha, etc etc), la irresistible tentación por el malo, no así por lo Malo necesariamente, pero que van de la mano en general, ¿nosierto?.

Así las cosas, el bueno de Danny, devenido burgués, exitoso y subido al pedestal del bien moral, casi que nos rompe las pelotas. Por el otro lado, su némesis, consumido por los errores del pasado busca volver a hacer pie con lo que mejor sabe y más le gusta: el bully.

Strike Hard

Un día el Mal se encontró frente a frente con el Bien y estuvo a punto de tragárselo para acabar de una buena vez con aquella disputa ridícula; pero al verlo tan chico el Mal pensó:

“Esto no puede ser más que una emboscada; pues si yo ahora me trago al Bien, que se ve tan débil, la gente va a pensar que hice mal, y yo me encogeré tanto de vergüenza que el Bien no desperdiciará la oportunidad y me tragará a mí, con la diferencia de que entonces la gente pensará que él sí hizo bien, pues es difícil sacarla de sus moldes mentales consistentes en que lo que hace el Mal está mal y lo que hace el Bien está bien”

Y así el Bien se salvó una vez más

Monólogo del Mal

Augusto Monterroso.

El bien y el mal y en el medio, la vida, a la que pareciera no importarle cuantas banderas icemos por sus valores o cuanto los batallemos y/o defendamos. En el medio la vida, y ese infinito de matices como mar y su oleaje devastador que todo lo invierte. Porque 40 años después, lo bueno sigue siendo bueno y lo malo, malo. Sí, pero es más complejo.

Si en series como Stranger Things nos preguntábamos dónde carajos estaban los padres de esos chicos que andaban todo el día solos lidiando y luchando contra seres monstruosos paranormales, en Cobra Kai los chicos están más o menos igual: viviendo la realidad que les toca, con sus pocas armas encarando sus fracasos y postergaciones (las de sus padres y madres también), tratando de encajar, de comprender, de gustar y de ser reconocidos siempre en carrera directa a cagarla aunque tratando de hacer las cosas bien por más mal que se haga y sumidos y consumidos por la inmediatez de las redes sociales. Padres y madres también.

Por supuesto que los chicos responden al crisol arquetípico de la diversidad necesaria para el caldo de cultivo de la intolerancia: el rico, el pobre, el latino, el nerd, la o los gordos, el flaquito con anteojos, el rebelde y delincuente (que escucha heavy metal, cuando no), el labio leporino y así. Todos y cada uno encuentran del lado del Bien y del Mal su razón de ser, se equivocan y se redimen, a la sombra de los adultos que juegan a ser chicos también, pero ya sin tiempo.

Y se invierte el “patitofeismo”: los perdedores son ahora populares, y los populares vencidos y humillados, son condenados en las redes sociales. Y los buenos ganan los vicios del malo. Y ya no nos gusta tanto. Y ambos bandos se enfrentan y se cagan a trompadas con saña y odio. ¿Cómo se llega a ese nivel de intolerancia y de violencia? se preguntará el Bien señalando al Mal. Y el antagonismo lo acapara todo. “Desaparecer, ganar o perder” canta Hermetica. No es tiempo para tibios: la batalla épica que antes fuera en el contexto de campeonato deportivo, se traslada a los pasillos de una escuela donde la batalla es despiada por lo inusitada y cruel. La vida mesma.

No Mercy

Vendrá pronto la cuarta entrega de esta serie en la que esperamos se resuelva de la mejor manera el tendal de problemas que dejaron en el camino Danny y Johnny. Pero ahora no lo harán por separado, pues han encarado juntos la tarea de enfrentar a un Mal peor: Sensei Kreese. El Ultra-Malo.

Asi las cosas, el Bien y el Mal y las oportunidades primeras y segundas, tanto del débil como del fuerte fundadas en la más pura intolerancia, tendrán la tarea no menor de volver a poner en orden el natural balance que debería (asi en potencial) haber entre opuestos que se complementan. Ni un Danny tan inmaculado ni un Johnny tan oscuro. Pero claro, no es hasta la llegada del Ultra-Malo que reparan en aquello de aunar fuerzas, de tolerarse, de complementarse, de crecer. Alguien tiene que ser “el adulto”.

Mismo en esta serie pedorra, que roza lo infantil y que como dije al comienzo, nos devuelve a una eterna adolescencia, a la Argentina de hoy (eterna adolescente también) que le cabe el paralelo: alguien tiene que ser el adulto y ocupar el centro. Balancear las pasiones y canalizarlas. Los partidos políticos supieron hacerlo hasta que los Larruso y Lawrence de la política decidieron volverse “sensei” de un pueblo y del otro sin tener la más puta consideración por el otro, cualquier otro, reafirmándose en una grieta cada vez más profunda: lo popular y la elite, el mérito y la asistencia, La Patria y Peronia (término que detesto), la cuarentena y los anticuarentena, y los anti en todas sus acepciones: antiperonismo con o sin Perón, anti Kirchnerismo con o sin Nestor, siempre antiCristina tanto en su versión Fernández como de Kirchner.

La urnas no muestran piedad y castigan. Duro. Oficialismo y Oposición, aquellos que deberían alternarse en el poder sólo buscan destruirse. Hasta que llega lo Ultra. Cualquier Ultra. Milei no es mi ley, y no es ningún Sensei tampoco.

Y no, no es verdad que somos ingobernables, nuestros representantes lo son. Y basta de tildar de tibios a aquellos que se proponen no dejarse definir: es tiempo de dejarse de joder, poner orden, en orden o algún orden, para que el Bien y el Mal (como se dijo, términos laxos que se invierten fácilmente) convivan y construyan, que tiendan puentes desde sus extremos para que acoten el abismo y detengan el vertigo que provocan con sus incapacidades. La Política es Pasión, no Ansiedad.

Danny y Johnny prometen enfrentar lo que se viene juntos. Veremos cómo les va en breve.

¿Y nosotros? No pareciera haber encuentro porque no hay encuentro ni puede haberlo, en tanto el objetivo sea destruir al enemigo, sin piedad.

Es Temprano para lamentarse

Y el día es largo.

La razón obliga y la nostalgia

compañera

De la noche

que es eterna.

Y te pesan los ojos

Y la quietud no se detiene

e inquieta.

No hay lamento en la razón:

hay un pacto.

La noche es canción triste;

Con la luna de testigo,

y el fiel vino

De tu alma

Ya sin alas.

El día es movimiento

falsa calma.

Y si acaso un pensamiento

nos distrae

evocando algún recuerdo

y una lágrima estremece

y amenazan tempestades,

la razón se hace fuerte

y amparada en la distancia,

nos recuerda simplemente:

Es temprano para lamentarse.

(Movete y seguí)

Fanzine Digital ESHM Número 2 – Año 1 Segundo Semestre 2020 84 AMUTUY O RESISTIR: REVISIONISMO METALERO

Por Eleonora Pangaro

En tanto las huellas de sus imágenes se han perdido en la historia, es políticamente necesario redimirlas”

Walter Benjamin

El metal pesado argentino es presente continuo. Es la mirada al futuro de un pasado sin nostalgia y con actitud combativa. Es un grito contra la desigualdad, la injusticia: nunca voz impotente. El metal le pone el hombro a la historia porque le canta a la identidad. Esa que se forja.

Nuestro metal es una sinfonía que, como composición musical es interpretada por bandas en vez de orquestas y que, sin embargo, comparten las características de unidad de tono y desarrollo. Más que orquesta, más que banda: sinfonía, donde cada parte se luce y hace lucir y donde la voz es un instrumento más, donde el riff conmueve con su dulzura y donde la batería y el bajo se hermanan para dar sustento al conjunto.

Música y protesta. Nada nuevo. Pero el metal argentino es justamente eso: lucha. Una lucha por la música y una lucha por el pueblo. Su pueblo, y el pueblo que lo necesita para hacerse oír. En palabras de Jacques Ranciere: “la voz de los sin voz”. “La política existe cuando el orden natural de la dominación es interrumpido por la institución de una parte de los que no tienen parte” (Rancière, 1996, pág. 25). Y esta parte sin parte es el “pueblo”, como agrupamiento de hombres [y mujeres] sin cualidades que carecen tanto de riquezas como de virtuosismo aristócrata, pero que se apropian y reclaman para sí la libertad. “El pueblo se apropia la cualidad común como cualidad propia” (Rancière, 1996, pág. 22). La hace suya, y al hacerlo, aporta, según el autor francés, el “litigio”, puesto que estrictamente, al ser de todos, no puede ser apropiada. El metal es litigio. Es ese colectivo que de alguna manera no se deja colectivizar.

A lo largo de nuestra historia queda en evidencia que no sólo somos capaces de repetir el mismo error, sino que, a y por el interés económico, esto es, en miras del famoso orden y progreso, terminamos siendo funcional a la desigualdad e injusticia y la consecuente deuda social: y la hacemos su motor. Fuimos por el desierto a depoblar una Nación; fuimos contra el Malón, contra la clase trabajadora, fuimos con armas y barreras sociales en nombre de la Patria, por guita. Se conquistó para el ganado, se privatizó para unos pocos, luego la soja, y así. En el medio del hombre y sus gobiernos: la tierra, el techo, y el futuro postergado. No importa para qué década lo leas. La historia, la nuestra, es sabida y muy contada. Desde la declaración de Independencia que estamos en guerra contra nosotros mismos. La grieta no es millennial, ni macrista ni kirchnerista. La grieta es fundacional y arrancó en Mayo de 1810.

Revolución, independencia, anarquía, caudillos y Rosas. El Interior y Buenos Aires. Buenos Aires sin interior. Y luego el Orden. El Estado y la Nación, esa para el desierto argentino. Del P.A.N al radicalismo y de ahí non stop al peronismo (cualquiera de los cuatro). Golpes de Estado y dictaduras de la peor calaña, queriendo poner orden a una barbarie maravillosa, que es el pueblo con sus tiempos, su pasiones y cultura. Y después de tanta pelea la democracia, luchada como el metal mismo. Con instituciones siempre en duda, pero ya no en jaque, más laxas que flexibles, pero definitivamente no rígidas, para no quebrarse. Y es que acaso la comparación política acompaña ese sentir metalero: aguante y continuidad. Y en ambas hay mucho que recorrer y harto que aprender.

El folklore siempre le cantó a la historia y a sus historias resistiendo el olvido desde la añoranza. En cambio, el metalero, canta desde la indignación riffeando al viento al no olvido de una identidad, una pertenencia, un territorio, siempre vigente. Y es que el metal pesado argentino es eso: resistir y mantener vivo el reclamo. Es voz presente del pasado, sin revolear el poncho en festivales.

Ahí están festejando/ la conquista de ayer/ con mi propia bandera/ me robaron la fe

Amutuy Soledad (Ruben Patagonia)

La historia de la conquista del desierto es folklore y es metal. Y el gran triunfo acaso de los vencedores no haya sido únicamente por las armas, sino en lograr que se festejara una campaña, que fue conquista, y conmemorarla. La total despersonalización de los pueblos originarios fue imponerles un dios que no era el suyo marginándolos hasta la invisibilidad. Triunfo españolísimo de los revolucionarios criollos. Al Orden y al Progreso: Amutuy o Resistir: El metal y su historia, boleando al tiempo.

Siempre sentí hervir mi sangre/ al escuchar voces idiotas/ Ellos decían hay que marcharse/ siempre grité hay que quedarse

(Nunca Amutuy, Quedemonos. Chewelche)

El metal pesado argentino es lucha y es aguante. Es resistir el paso del tiempo expresando su sentir, su protesta: lo que no calla y canta, a quienes sienten que todavía se puede dar un paso más en la batalla. Como aquel que ve en la historia colectiva, y parafraseando a Proust, no “la vida tal cual como realmente era, incluso no la vida recordada, sino la vida tal cual como ésta había sido olvidada (Buck-Morss, 1989, p. 53)”. El metal le canta a ese olvido, y lo reivindica. Porque resiste a la imposición del mundo actual, a la injusticia social, a la historia misma. Su vínculo no es sólo con la clase trabajadora, lo es también con sus raíces, con su comunidad, su tierra y personajes. Dice Giorgio Agamben “reinar no significa cumplir con todos. Significa que lo incumplido es aquello que permanece (Agamben, 2009, p. 43)”. Y el metal le canta a lo incumplido. El metal pesado argentino se le para de frente al futuro y le machaca la problemática de ayer, que sigue siendo la de hoy. Y la hace su bandera.

Una bandera que enarbola con la dignidad del laburante, de ese Gil Trabajador, que lucha por el metal trabajando muchas horas, mucha vida, muchas veces casi que artesanalmente, para que la música y su mensaje lleguen a todo aquel que quiera oír. Luchándola con el mismo ahínco como cuando rugió por primera vez ese gran motor que fuera V8.

En un texto hermoso sobre los Pasajes de Walter Benjamin, Susan Buck-Morss revive la filosofía benjamina y nos dice: “construir un contra-discurso a partir de desenterrar marcas ocultas que muestran al progreso como la fetichización de la moderna temporalidad [la moda], que es una repetición sin fin de los nuevo como siempre lo mismo (Buck-Morss, 1989, p. 73)”. Acaso le quepa al metal perfectamente esta definición. Siendo aquel que se resistió y resiste a la moda, el que no se dejó engrupir y siguió fiel a su de negro vestir y sus batallas librar. Que entendió, acaso, que el progreso no es pasar por encima a la cultura, y que es políticamente necesario progresar culturamente, respetando la identidad, la pertenencia, la dignidad de los sin voz. Una música que se resiste a la moda en cuanto imposición y normalización de lo que supuestamente, es progresar. Es aquella que entiende que esa “fugacidad sin progreso, una inalcanzable persecución de la novedad que no produce nada nuevo en la historia (Buck-Morss, 1989, p. 113)”. El metal como contra discurso, de nuevo, la voz de los sin voz, que hace de la historia, la suya. El encargado de un revisionismo histórico necesario, actualmente histórico. El metal como contra-poder: “ahí donde hay poder, hay resistencia” como dijera aquel pelado que no se calzaba gorro frigio solamente por ser calvo.

Si como dijimos el metal es sinfonía, el laburante del metal es su propio director de orquesta. Porque ya no es solo saber de un instrumento, buscar cierto sonido, ensamblar una banda: el metal argentino es producción en estado puro y a pulmón. Y el metal argentino es historia que se detiene en sus rastros y los transforma en huella, aquella que, a lo Derrida, es lo que siempre está por-venir. Es también su concepto de “Khora” entendido como receptáculo que busca trascender cualquier dinámica antagónica, a la vez accesible a la posibilidad, al acontecimiento, a ese estar desajustado, disyunto, abierto al “llamado a pensar en lo que vendrá (Derrida, 1995, p. 8)”. No dejarse encasillar, aburguesar, normalizar. Ajeno al tiempo. Enajenado. Por más que mil voces te ahogen, para que formes la cola del seguro porvenir. Ser receptáculo, abrigo, consuelo y un sonido de puta madre.

A los mismos que trabajaron desde V8 hasta hoy la siguen remando y luchando por eso que aman, a veces sin el reconocimiento que se merecen: el gil trabajador del metal que es entrega pura, desde sus intelectuales, sus plomos, músicos, sus poetas y sus laburantes, pero sobre todo su gente, que entiende como nadie ese “oxidarse o resistir” porque da pelea y la milita, como nadie.

El metal y sus ídolos. Esa distorsión (involución, desvío) que el paso del tiempo hizo sentir en sus íconos, ese “barrer con saña”, esa profanación de lo que justamente profanaron. Profanar como aquello que fue sagrado, esto es, para unos pocos, y que devolvieron al uso común, al pueblo. Y es que el desafío del metal como género y actividad será (no volver) a encumbrar a nadie, sino confiar en su fuerza, en sus bandas, en su poesía, que orquestadas suenan cual sinfonía. Pero sobre todo en su militancia. Porque es metalero es militante.

Como me dijera Marcelo Tommy Moya hace poco: “el metal argentino es la mejor sinfonía del universo”. Firmo al pie.

Bibliografía

Agamben, Giorgio (2009) Profanaciones. Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora.

Buck-Morss, Susan (1989) Dialéctica de la mirada. Walter Benjamin y el proyecto de los Pasajes. Madrid, A. Machado Libros.

Derrida, Jacques (1995) Espectros de Marx, Madrid, Editorial Trotta.

Rancière, Jacques (1996) El Desacuerdo. Politica y Filosofía, Buenos Aires, Ediciones Nueva visión.

La ruta folclórica del metal argentino viaja en camión

Milonga para un camionero (Berdel/Ballesteros y Del camionero (Hermética)

“Cuando canta el motor enronquecido/ quebrando la distancia y el silencio” (Berdel/Ballesteros)

Imposible que Ricardo no haya escuchado esta canción cuando le escribió a su camionero. Imposible que el viaje en sí mismo no sea parte de la raíz que comparten el floclorey el metal. El canto del pueblo, desde el interior y al pasado; el canto popular, tanto más urbano y siempre actual. El camionero metalero arremete en ese constante llevar y traer. Es su presente de pesadas cargas. Es hoy y ahora. Es aquel que canta lo que siente, poniéndole toda la garra al día después del insomnio de una noche sin luna, ganado el sustento. Ese presente que evoca un legado , planteándole al pasado una acción.

En contraste, el viaje folclorico se vé de lejos y ajeno al tiempo, ese en el que parece, quisiera seguir. Su pesada carga es de nostalgia, que acompaña con un recitado de baja voz y la dulzura de una guitarra criolla mientras “la noche se duerme en el espejo”.

En las letras del metal argento no hay lugar ni para los tibios ni para la añoranza. Nada lo adormece: No puede darse ese lujo. Ni por la más bella poesia que ¡sí la tiene! pero que transforma automáticamente en voz alada al grito de “perdiéndonos”, con un Claudio que invita a perderse ni bien empieza el viaje de Ricardo; enredado en banquinas, con una mano al volante, la ventanilla baja, “con un pucho despierto entre los dedos” marcando la ruta mientras el viento recoge las cenizas “al grito del escape: ¡camionero!”

“Por allá te está esperando un tamarisco,
el que cuida el lugar donde hacés fuego
que conoce tus secretos y otros nombres,
pues te ha visto alguna vez soñar despierto”.

(Berdel/Ballesteros)

“Haciendo un alto al atardecer
bajo unos árboles, guachos de tiempo.
Junto a mi camión
nos ve descansar el campo abierto”

(Hermética)

Nostalgia y promesa y ese evocar al pasado en el uno y ese futuro tan presente en el otro.
Un mismo camino que encaran proponiendo un convide rutero. Ese andar andando por andar. Por la fascinación de andar sí, pero que no deja de ser búsqueda, y ardua: “esforzándose por rodar” evitando el ablande al recordar “tal vez una guitarra/ o la dulce caricia de algún beso”.

Camionero, rey de la ruta, gaucho del asfalto, guiñeando al viento.


Amutuy o Resistir: revisionismo metalero

“1878 la violenta conquista empezó/ que no me gane la rabia/ mentiras disfrazadas de verdad”

(Nunca Amutuy, quedémonos)

Chewelche (2019)

El metal pesado argentino es presente contínuo. Es la mirada al futuro del un pasado sin nostalgia y actitud combativa. Es grito contra la desigualdad, la injusticia pero no es voz impotente. El metal le pone el hombro a la historia porque le canta a la identidad. La que se forja.

Y nuestra historia deja en evidencia que no sólo somos capaces de repetir el mismo error sino que, a y por el interés económico, esto es, el orden y el progreso, terminamos siendo funcional a la desigualdad e injusticia y la consecuente deuda social: y la hacemos su motor. Fuimos por el desierto a despoblar una Nación; fuimos contra el Malón, contra la clase trabajadora, fuimos con armas y barreras sociales en nombre de la Patria, por guita. Simple. Se conquistó para el ganado, y se privatizó para unos pocos. No importa para qué década lo leas.

La historia, la nuestra, es sabida y muy contada. Desde la declaración de Independencia que estamos en guerra contra nosotros mismos. La grieta no es millennial, ni macrista ni kirchnerista. La grieta es fundacional y arrancó en Mayo de 1810.

Revolución, independencia, anarquía, caudillos y Rosas. El Interior y Buenos Aires. Buenos Aires sin interior. Y luego el Orden. El Estado y la Nación, esa para el desierto argentino.

El folklore le cantó a la historia y sus historias resistiendo el olvido desde la añoranza. En cambio, el metalero, canta desde la indignación riffeando al viento el no olvido de una identidad, una pertenencia, un territorio, siempre vigente. Y es que el metal pesado argentino es eso: resistir y mantener vivo el reclamo. Es voz presente del pasado, sin revolear el poncho en festivales.

“Ahí están festejando/ la conquista de ayer/ con mi propia bandera/ me robaron la fe”

Amutuy Soledad (Ruben Patagonia)

La historia de la conquista del desierto es folklore y es metal. Y el gran triunfo acaso de los vencedores no haya sido únicamente por las armas, sino en lograr que se festejara una campaña, que fue conquista, y conmemorarla. La total despersonalización de los pueblos originarios fue imponerles un dios que no era el suyo marginándolos hasta la invisibilidad. Triunfo españolísimo de los revolucionarios criollos. Al Orden y al Progreso: Amutuy o Resistir: El metal y su historia, boleando al tiempo.

“Siempre sentí hervir mi sangre/ al escuchar voces idiotas/ Ellos decían hay que marcharse/ siempre grité hay que quedarse”

(Nunca Amutuy, Quedemonos. Chewelche)

Y es que el metal pesado argentino es lucha y es aguante. Es resistir el paso del tiempo expresando su sentir, su protesta: lo que no calla y canta, a quienes sienten que todavía se puede dar un paso más en la batalla.

Resiste entonces a la imposición del mundo actual, a la injusticia social, a la historia misma. Su vínculo no es sólo con la clase trabajadora, lo es también con sus raíces, con su comunidad, su tierra y personajes.

La incursión metalera en el folclore rompe un poco esa lógica asociativa de lo rural con su canto y transforma en resistencia activa la nostalgia. Desde el territorio y/o su comunidad, canta su contra-historia. El vínculo con su raíz es expresado desde la lengua, la cultura y la reivindicación de sus orígenes. La nostalgia es al folclore lo que la melancolía al tango. Pero en el metal no hay lugar para ninguna de ellas. El metal pesado argentino se le para de frente al futuro y le machaca la problemática de ayer, que sigue siendo la de hoy. Y la hace su bandera.

Chewelche y Ruben Patagonia son oriundos del Sur Argentino. La banda es nueva y se desarrolló en paralelo con otra: Aonikenk, más asentada en la escena metalera argentina. Ambas le cantan al no-olvido. Y Rubén Patagonia también. El folclore compartió escena con músicos del metal, fusionando lo que parece, a priori, incompatible. La versión de “Cacique Yatel” que grabara Ruben Patagonia junto a Ricardo Iorio y Flavio Cianciarulo para el disco “Peso Argentino” es uno de los tantos ejemplos (Versión que también grabara Aonikenk en 2015).

“Nunca Amutuy, ¡quedémonos!” (Chewelche) y “Amutuy Soledad”(Canción de Hugo Gimenez Agüero que interpreta, en este caso, RubénPatagonia), son caras de una misma moneda. La mirada al pasado de una historia que ya fue y la mirada al futuro que es hoy, siempre con el sonido del viento de fondo.

“Pisotearon mis credos/ y mi forma de ser/ Me impusieron cultura/ y este idioma también” (Amutuy Soledad) /

“Si pisotearon nuestros credos/es hora de que no callemos/ Nunca me impusieron cultura” (Nunca amutuy, quedémonos)

Ambas canciones parecieran, verso a verso, contraponerse y contestarse.

“Amutuy, soledad/ que mi hermano me arrincona, sin piedad/Vámonos que el alambre y el fiscal pueden más/Amutuy, sin mendigar” (Amutuy Soledad)

Yo no comparto tu amutuy/ mi raza aún no fue vencida/ vertientes de aguas cristalinas/ que dejan ver que están de pie/ los últimos bravos caciques que no se dejan doblegar/ por el alambre y el fiscal aún en esta actualidad” (Nunca amutuy, quedémonos)

Que el hombre no desande el soplido del viento, porque al final, nos termina amontonando a todos. ¿O será que nos amotina? Después de todo, amotinarse es resistir. Con aguante.

Narcisismo, repetición y Estado: Gobierno y Oposición. Y ahora Coalición.

Dicen que la diosa Hera harta de las infidelidades de su marido Zeus y al percatarse de que una de sus ninfas, que poseía el don de la palabra, la elocuencia y una voz bellísima, servía de pantalla perfecta para los deslices del D10S, la castigó duramente quitándole su don condenándola a repetir la última sílaba que oyera, infinitamente. Eco, tal era su nombre y así es como llamamos hoy al efecto que repite en el vacío profundo nuestra última palabra, se recluyó en el bosque para no ser vista ni oída jamás. Bueno, jamás pero no tanto. Cuentan también que una tarde mientras paseaba por el bosque se encontró a un hombre hermoso que contemplaba su rostro en las cristalinas aguas del río. Era Narciso. Eco no pudo contener su emoción y se escondió tras un árbol para poder verlo y admirar su belleza. Pero claro, la caga haciendo un ruidito que saca al joven de la contemplación de sí mismo (y eso no era poca cosa). ¿Quién está aquí?, preguntó Narciso. La ninfa desesperada por hacerse ver (y escuchar), pero aún escondida repitió lo último que había oído y a lo que estaba condenada: “aquí…aquí…aquí”. Narciso, curioso, quiso saber más sobre esa voz hermosa que escuchaba y que lo ¿invitaba? “Ven” le sugirió el joven. Y Eco repite “ven…ven…ven…”, que a los oídos de Narciso era redoblar la apuesta. La tensión estaba en el aire y la proeza de haber sacado aquel rostro de la imagen contemplada en si misma por un otro, magnificaba la escena y llenaba de expectación el momento del encuentro. Narciso abandonaba su reflejo en busca de esa voz que lo invitaba. “Y me verás, inútil, demente, inconscientemente…”, la aristimuñaba Eco para si.

Al fin se encuentran, y como era de esperar, Narciso la rechaza al darse cuenta de que no era lo que él había imaginado, y más aún, cuando ella incapaz de entablar una conversación, permanece callada. Así, la ninfa, desgarrada de dolor, muere consumida por su pena: su cuerpo deviene piedra dejando sólo el eco de su voz como promesa intacta de repetición infinita. Narciso, se sabe, regresa al río para seguir contemplando su belleza. Dicen también que un día cayó al agua y desesperado al ver que su tan amada imagen se desfiguraba, dejó de moverse y murió ahogado, el muy boludo.

“Sos más histérico que una vedette. ¡Gil de sopa!

-Zorra

Narciso y Eco bien podrían representar la dinámica de la política hoy en día, por ejemplo la relación entre Gobierno y la Oposición (cualquier gobierno y oposición: después de todo, es una grieta que tiende a ser reversible) Pero también dentro del Gobierno y su coalición, a ver, dos posiciones, dos maneras de ver y entender un mismo pueblo, que a su vez no es uno es solo, porque el pueblo es construcción discursiva, y en el medio, bueno, en el medio está la gente. Un pueblo que es gobierno y es oposición, que tiene voz durante un tiempo y que luego es acallada y que, como Eco, repite lo último que escucha, infinitamente. El pueblo de los sin-parte y el de los “esa parte es mía”. Esa relación, ese diálogo (o no-diálogo) entre los pueblos, entre gobierno y oposición es igual al que mantienen Narciso y la ninfa: el uno mirando su propia imagen reflejada en su pueblo; el otro repitiendo (sin invitación alguna) lo último que escucha y hace reaccionar. El final es de fatalmente exacto: el primero termina ahogándose en su propia imagen, el segundo se vuelve de piedra, inamovible, incapaz de generar acercamiento alguno.

No hay encuentro. Y tampoco puede haberlo. No hay apelación al otro en ninguno de los dos discursos. El amor es narcisista. La política, también. Para romper ese discurso ególatra, ese “puedes ver pero no tocar”, ese espacio insalvable de lejanía; para que el discurso permita ese ir y venir fluido entre las partes, ese discurso debe ser capaz de dejar de hablar de sí mismo y debe incorporar ese “Ven” repetido al infinito como una invitación, como la invitación de otro a escuchar otra cosa. Correrse de la grieta no es ir hacia los lados, todo lo contrario, es ir al centro tendiendo puentes, es ver en ese “Ven” narcisista aquello que, sin saber que viene, está llegando. Derrideano. Es repetir esa voz, esa imagen, pero puesta en el otro. Es entender que, en la disímil correspondencia de la igualdad, nos igualamos unos con otros.

La relación fluida entre las instituciones del Estado son fundamentales para su buen funcionamiento. Así, sus protagonistas, gobierno, oposición y pueblo deberían escucharse más que intentar repetir hasta el hartazgo una postura que, ya se sabe, es invariablemente, la opuesta. Eso no es la novedad. Al menos no la que esperamos. Es más, nos abisma aún más hacia la profundidad de la grieta, a la evocación inexorable de un mismo reflejo y de una misma sílaba repetida sin cesar, ambas vacías. En suma, a repetir nuestras voces narcisistas.

El Estado somos todos. Gobierno, oposición, coalición y pueblos.

No sea que nos pase como en el cuento, parafraseando a Oscar Wilde, que dice que un día, el Pueblo encontró llorando al Estado

¿Por qué lloras? Le preguntó el Pueblo al Estado.

-Lloro por el Gobierno que se ha ido, respondió.

– ¡Ah! ¡No nos asombra que llores por él! -Prosiguió el Pueblo- Al fin y al cabo, a pesar de que nosotros siempre corríamos tras él a través de tus instituciones, vos eras el único que tenía la oportunidad de contemplar de cerca su poder.

– ¿Pero el gobierno era poderoso? Preguntó el Estado.

– ¡Quién más que vos podría saberlo! -Respondió sorprendido el Pueblo- En definitiva, era en tus márgenes donde él se inclinaba para contemplarse todos los días.

El Estado permaneció en silencio unos instantes. Y finalmente dijo:

-Yo lloro por el gobierno que se fue, pero nunca me di cuenta de que fuera poderoso. Lloro por él, porque cada vez que él se inclinaba sobre mis márgenes yo podía ver, en el fondo de sus ojos, mi propio poder reflejado.

Scritti Politti y la deconstrucción del Punk

“I´m in love with a Jacques Derrida

Read a page and know what I need to

Take apart my baby´s heart

I´m in love”

“No hay nada fuera del texto” dice el filósofo argelino. Y la música, como parte del lenguaje, tampoco le escapa a esta afirmación. A la música, al igual que los textos, se la deconstruye, no solamente en su prosa, sino también en su sonido, en su estética, en su estilo. Los géneros y subproductos musicales son, acaso, la expresión acabadisíma de una búsqueda constante, no solo de originalidad, sino del deseo y necesidad de llegar a otros. Después de todo, deconstruir es habilitar la posibilidad para que el otro irrumpa, estar abiertos al otro: a su llegada. O, en este caso, dar lugar a nuevas expresiones musicales y llegar a la gente. A la gente, sin distinción.

Con la muerte del Punk a raíz de la desaparición de los Sex Pistols (1978), se originó una variopinta diversificación de estilos, todas búsquedas (algunas desesperadas) por encontrar ese nuevo sonido que los defina. Sonido e identidad de grupo. Para bien o para mal, esta muerte del Punk fue el puntapié inicial para, de alguna manera, permitir salirse del molde del rebelde eternamente en contra, de la pose negativa, del “todo es mierda”, “el sistema es una mierda”, y que la música tenga que ver con eso también, que sea una mierda, pero más de mierda es eso que no es lo mío. Que no me identifica, que no basta con solo no gustarte, es destruirlo también.

“El Punk ha muerto, viva el Pop”, podríamos decir. O viva cualquier subproducto que se haya originado luego. En términos freudianos, podríamos hablar de estos géneros musicales, que juntan tan férreos y leales adeptos, como tótems. Hay un Padre, que es el Punk, y es tabú. Nadie va contra del padre aunque todos quieran, figurativamente (y a veces no tanto), matarlo. Los músicos son parte de este mismo tótem, como sus seguidores. Atrapados en la ambigüedad de amar lo que hacen, pero, al mismo tiempo, estar hastiados de la pose. ¿Cómo se mata una idealización? ¿Cómo se quiere “querer” otra cosa sin traicionar, supuestamente, eso que te dio vida?

Deconstruir, no es destruir, es desarmar. Desarmar el monopolio de las definiciones únicas. No hay una música. Hay música. Es el lugar de la restancia. Del otro. La muerte del punk, que era destrucción, dio paso al postpunk: a esas armonías por descubrir, por permitir-se hacerlo, pero sobre todo, mucho por experimentar y por-venir.

Scritti Politti fue un claro referente de esta cultura postpunk de finales de los 70, principios de los 80s. Esta banda inglesa formada en 1977 tuvo de líder, cantante y compositor, a Green Gartside, un pionero en esto de ir contra lo establecido, esto es, de seguir los lineamientos del punk. Junto con el resto del grupo: bajista, baterista y manager que oficiaba también de tecladista) se instaló en Londres uniéndose al denominado movimiento DIY (hágalo usted mismo). Así, lanzaron en el año 78 el single “Skank Bloc Bologna”, todavía musicalmente, con raíz en el punk. A esta energía natural que emanaba el estilo, se le suma a la originalidad de este grupo, sus letras. Green, como compositor, fue sumándole a su música una creativa e inteligente prosa, citando frecuentemente en su composición a grandes intelectuales y filósofos, entre ellos, por supuesto, Jacques Derrida.

Pero justo antes del primer álbum Green sufre una gran descompensación que se pensó, en un principio, era un ataque cardiaco. Nope. ¿Diagnóstico? Ataque de pánico. ¿Y qué es un ataque de pánico sino ansiedad y desesperación en estado puro? Había una lucha interna que librar. Un totem que desafiar, un tabú que romper. Obligado a hacer un parate se recluye en casa paterna y se toma varios meses de descanso, sobre todo de la escena. Durante la cuarentena autoimpuesta de aislamiento y descanso, el líder de los Scritti Politti, tuvo mucho tiempo para pensar hacia dónde iba la banda, pero, sobre todo, hacia dónde iba su música.

Ya hacia fines de la década del 70, Green había perdido interés por la música independiente y la escena punk propiamente dicha, dándole lugar al Funk y al Soul de Aretha Franklin (de hecho, la inmortalizó en la canción “Wood Beez (Pray Like Aretha Franklin)”). La música beat, tan representativa de los años sesenta y de los primeros discos de los Beatles, también rondaban este nuevo, (des)andar musical de Scritti Politti. Green llegó a la conclusión de que no hay que ser descerebrado para hacer música pop, rompiendo así con el purismo del Punk. Siguiendo a Derrida, diríamos que deconstruir al Punk no es matarlo, ni al estilo ni a su identidad, es desarmarlo y volverlo a armar con ese resto que permite no cerrarse en sí mismo. Y el Pop era eso: una búsqueda, una nueva forma de llegar a la gente, a más gente. Harto del DIY y del gueto de la escena independiente, donde se sabe, la música pasaba de cassete a cassete, todos hechos en casa e intercambiándose con otros que hacían excatamente lo mismo. Su idea y objetivo principal eran, justamente, no dejarse encasillar. El Punk se había convertido en aquello mismo que le dio origen: lo establecido. Se cerró en si mismo. El postpunk de SP representa en términos metaleros ese “oxidarse o resistir”. “Nunca quisimos ser un grupo de culto”, dijo Green a la revista Smash Hits. El culto y el snobismo juegan peligrosamente juntos. Ser masivos o ser de unos pocos que “entiendan”. Así, nunca va a existir la posibilidad de lo imposible, será sin embargo, esa imposible posibilidad de trascender. Romper con el tabú, desafiar al tótem es pues, dar lugar, no solo al arrivante, sino al por-venir. La música de culto no tiene nada que ver con la cultura, más bien juega con lo sectario y la subestimación popular.

Pero como en todo desandar, tanto como en un texto como en la música, en el fondo hay una huella. Green encontró trascendiendo los sonidos y la escena Punk una forma de que sus letras y su música fueran un poco más allá de lo establecido. Sus letras buscaron dar un paso más, no en la batalla, sino en darle a sus letras de amor cierto aire excéntrico  a la vez que exquisitamente contradictorio. ¿Cómo es esto? Sus canciones, y sobre todo las que hablan de amor, luego de una lectura más acabada, resultan una contradicción insoluble, una aporía, que, acechando cada giro lingüístico, diciendo esas dulce y aparentes nadas, pueden llegar a destrozarte el corazón. “A name for what you lose/ when it was never yours”[1]

Deconstruir y, al final, la aporía. En el fondo está la huella, que es la ausencia de una presencia. No importa en qué haya devenido Scritti Politti, el Punk siempre será “esa”, su huella.


[1] Un nombre que pierdes cuando nunca fue tuyo.